Hablemos de personas, no de enfermedades. El estigma de la salud mental

En los últimos meses la salud mental parece “estar de moda” en la agenda de medios y políticos. Por eso, es fácil que escuchemos las palabras depresión, ansiedad, déficit de atención o incluso suicidio en la televisión en todos los contextos.  Sin embargo, pese a todo este bombardeo mediático sigue siendo un asunto que se oculta en la esfera pública. ¿Cuál es la causa de que en nuestra sociedad, por más tabús que se rompan, sigue presentando un estigma tan marcado estas patologías?

Según La Organización Mundial de la Salud (OMS), 1 de cada 4 personas podría sufrir un problema de salud mental a lo largo de la vida. Y alrededor de 450 millones de personas conviven en el momento actual con un trastorno mental. Sorprendente también, tal y como afirma un metaanálisis publicado en junio del 2021, aproximadamente el 50% de las personas que sufren una enfermedad mental presentan el inicio de la sintomatología antes de los 18 años.

Pero lo más relevante, es que todas estas personas no solo van a tener que lidiar con sus síntomas y las dificultades que les producen, también van a tener que hacer frente al estigma que conllevan estas patologías.

 

Estima y estigma en la salud mental

 

La palabra estigma deriva del latín y significa “marca en la piel con un hierro candente”. La Real Academia Española (RAE) la define como “desdoro, afrenta, mala fama” o “lesión orgánica o trastorno funcional que indica enfermedad constitucional y hereditaria”.

Se han descrito diversos tipos de estigma, entre los que cabe destacar el estigma social (las creencias y prejuicios que tiene la población general con relación a una patología y las personas que la sufren) y el autoestigma o estigma internalizado (los pensamientos y sentimientos que una persona acaba teniendo de sí mismo por padecer dicha patología y las conductas que realiza por ello). Es decir, que las creencias erróneas, los mitos y el desconocimiento que existe en nuestras sociedades, hace que pensemos que estas personas son peligrosas, débiles, vagas o inútiles.

Esto no solo va a repercutir en cómo les tratamos (no queriendo tenerles de vecinos, no contratándolos para un trabajo, amonestándoles por no mejorar, etc.) sino que provocamos que la visión que ellos tienen de sí mismos sea más negativa. Así incrementamos su malestar al sentir vergüenza, culpa, inutilidad e impedimos que se arriesguen a relacionarse, que busquen trabajo e incluso que soliciten ayuda profesional.

 

En clave positiva

 

Por todo ello es fundamental que se produzcan una serie de cambios para ayudar a estas personas que ya están sufriendo. No solo se van a tener que producir transformaciones a nivel institucional y social, sino que va a ser esencial que nosotros nos impliquemos para conseguir dicho cambio.

¿Y cómo podemos hacerlo? Lo primero es conocer realmente qué es una enfermedad mental, qué implica a la persona y cómo ayudarla. Hay distintas plataformas que se están dedicando a realizar esta tarea como “Esquizofrenia24x7” o “comunicasaludmental.org” entre otras. En ellas se explican mitos y realidades de estas patologías para que tengamos una información real de las mismas.

En segundo lugar, vamos a poder ayudar dando voz a estas personas. Si padecemos algún trastorno o si tenemos a un familiar o conocido que lo padece no lo vivamos con vergüenza. Hay que demostrar que la enfermedad solo es una pequeña parte de esas personas y no lo que las define.

Como en cualquier caso de discriminación, el que desaparezca va a ser una función de todos, no solo de la persona que la sufre sino también del resto de la sociedad. Y tener herramientas que nos ayuden a conocernos nos ayudará siempre a lidiar mejor con todas las enfermedades.

 

-“La próxima vez que vea a alguien triste, no voy a pedirle que sonría. Ni le voy a prometer que recuperarse está en sus manos. Si de verdad quiero ayudarle lo que haré es hacerle saber que, aunque no sea capaz de entender lo que le pasa, estaré ahí si me necesita.”. Dani de la Orden. 2021; Loco por Ella.